:: RICARDO VASQUEZ KUNZE ::
TALAR A CASTAÑEDA (10/08/09)
Ricardo Vásquez Kunze, foto, abogado de la Pontificia Universidad Católica y analista político, Perú

Agosto, 1914. La ofensiva francesa contra la frontera alemana en Lorena y Alsacia, el famoso Plan 17, había fracasado. Mientras tanto, los ejércitos alemanes, arrollando Bélgica y el norte de Francia avanzaban amenazando con cercar a los aliados que se batían en retirada. Muy pronto los alemanes se encontraron ya a las puertas de París. La Ciudad Luz estaba en peligro pero nada se había hecho para su defensa, “debido a la aversión de los franceses a talar árboles y abatir casas”, según cuenta la brillante historiadora de la Gran Guerra, Bárbara Tuchman. Cuando el peligro obligó a cortar los primeros árboles, un grito de horror sacudió París. Para sus habitantes, sus árboles eran los primeros caídos en su defensa. Ese detalle de sentirse uno con la naturaleza, hace la diferencia entre un gran pueblo y uno de media suela.

Luis Castañeda Lossio jamás podría haber sido alcalde de París. Sí es, por desgracia, alcalde de Lima. Su más reciente hazaña ha sido arrasar con 150 árboles, maduros y frondosos, en la avenida Prolongación Paseo de la República, en Chorrillos. Los reemplazará un terminal de autobuses de cemento y de mal gusto, como suelen ser sus obras de hechos consumados.

Ninguna explicación, ningún remordimiento, ninguna disculpa. Sin embargo, toda la prepotencia del mundo de este sátrapa que gobierna la ciudad. Pero Castañeda no está solo. Lo acompañan en su dictadura de ladrillos y desprecio absoluto por la naturaleza el 80% de la capital. Por eso es que Lima jamás será París ni el Perú podrá parecerse nunca ni remotamente a Francia ni a ningún país civilizado. El problema con el peruano es que adora el cemento. Para el peruano el ladrillo no es un instrumento por el que se construyen cosas bellas, sino un fin en sí mismo. Esa es la filosofía de las “obras”. Esta palabra es como la campanilla del perro de Pavlov. Cuando suenan las obras el peruano saliva, mueve la cola y ladra de contento, no importa si le terminan tapiando la ventana de su casa.

Pero hay más. Al amor al cemento se aúna el odio por la naturaleza. La yunza, enraizada en el alma del “Perú profundo”, es el mejor ejemplo de ello. Darle de hachazos a un árbol con el frenesí de que caerán regalos explica quizás el porqué a ese 80% de limeños, de todas las clases sociales, le importa un bledo talar un árbol con tal de que el regalo sea un ladrillo más en la ciudad.

Y ahora viene lo bueno. A diferencia de todos esos optimistas profesionales de propagandas bancarias, yo no me siento para nada orgulloso de vivir en el Perú de Castañeda. Entre el ladrillo y la yunza, soy una hierba mala. ¿Que por qué no das la lucha? Porque darla sería talarle la cabeza a Castañeda y no quiero terminar con mis huesos en la cárcel. Lamentablemente la Revolución Francesa es un imposible en el Perú.

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