Este martes 11 de diciembre de 2007, Alberto Fujimori, ex presidente del Perú, fue condenado a seis años de prisión por el allanamiento ilegal al domicilio de Trinidad Becerra, esposa de su ex asesor Vladimiro Montesinos. Considerado por Fujimori y sus allegados políticos y legales, así como por la prensa, como un juicio menor en comparación con los procesos por violación de derechos humanos de Barrios Altos y la Cantuta, sin embargo, esta primera condena tiene, a mi parecer, implicancias legales, políticas y morales de principal importancia para los procesos en curso dada la forma en que Fujimori enfrentó este juicio: por confesión.
En efecto, Fujimori y su defensa han hecho un pésimo negocio con la confesión. En primer término porque de nada le ha valido al procesado confesar. Se supone que quien confiesa debe recibir, hablando pedestremente, algo a cambio de la confesión. En pocas palabras, una condena menos severa de la esperada de acuerdo a la ley. Fujimori y su defensa esperaban cuatro años, que es la misma condena que recibieron aquellos a quienes él ordenó in situ hacerse pasar por fiscales para entrar ilegalmente a los dos departamentos de la esposa de Montesinos. Sin embargo, la condena que ha recibido es de seis años, apenas un año menos que la solicitada por el fiscal.
Pero a este descalabro procesal se suma una catástrofe aun más importante para el político, el hombre y el acusado. Porque la confesión de Alberto Fujimori, el político, implica que no cree en la santidad de la ley y que está dispuesto a violarla cuantas veces sea necesario para obtener sus fines. Para Alberto Fujimori, el hombre, la confesión lo desviste como un inescrupuloso capaz de cualquier cosa para salirse con la suya. Y, finalmente, para Alberto Fujimori, el acusado en otros procesos judiciales, esta confesión lo sienta en el banquillo de Barrios Altos y la Cantuta como un delincuente prontuariado, calidad que tendrá que tener en cuenta el tribunal supremo a la hora de emitir su sentencia.
Porque la pregunta es aquí la siguiente: si ya confesaste que siendo el primer magistrado del Estado no crees en la ley, que eres un pillo y un delincuente y que podías mandar a un edecán a hacerse pasar por fiscal para robarse unas maletas de videos que te interesaban, ¿por qué no podrías haber mandado a un grupo de asesinos paramilitares a dar cuenta de fulano, mengano y zutano? ¿Porque crees en la ley? No. ¿Porque eres honesto? No. ¿Porque eres un ciudadano ejemplar? No.
Así pues, con esta confesión Fujimori se ha condenado política, moral y civilmente. Y será muy difícil que el tribunal puede dudar de su voluntad para delinquir en los otros procesos que se le siguen. El bacalao ha terminado, finalmente, muriendo por su propia boca.