A ver, póngase la mano al pecho y diga usted si no se ha reído con los avatares de “comepollo”, “robaluz” y “mataperro”. Si no se ha carcacajeado con “violín”, “lavapiés” y “planchacamisas”. Por último, si no se ha divertido de lo lindo con “acuchillado” y “contratafantasmas”. Decir lo contrario, creo yo, sería mentir. Porque nadie que no sea un cascarrabias crónico podría no haber soltado por lo menos una sonrisa ante la inverosímil situación de que los poderosos nos hagan reír cuando, por lo común, nos hacen sufrir. Y que el Primer Poder del Estado sea en realidad el primer poder de la risa es lo más sano que le haya podido pasar a una nación triste como el Perú. Y vaya que aquí estoy hablando en serio.
Me disculparán mis amigos que lo diga, pero creo que toda esa estupefacción ante esa casa de la risa en que se ha convertido el Congreso es pura huachafería fuera de lugar. Peor aún la pose de perder el tiempo en pensar cómo habrían de “mejorarlo”. ¿Mejorarlo? Mejorarlo para quiénes, me pregunto yo. ¿Para que cuatro gatos seudo ilustrados puedan sentirse tranquilos con sus conciencias universitarias y se alucinen en la Cámara de los Lores? ¿Para que los periodistas se ilusionen escribiendo crónicas para el Journal des Débats? ¡Por favor!
Miren, queridos amigos, aquí la cosa es bien clara. Los parlamentos hace mucho tiempo ya que dejaron de cumplir la función para la que fueron creados. Antes, estas instituciones de cenit decimonónico discutían y daban leyes con las que se regían más o menos los países. Como en esos tiempos la gente tenía, valga la redundancia, todo el tiempo del mundo para ocuparse de sus asuntos, sus representantes tenían a su vez todo el tiempo del mundo para discutir y legislar al paso de los bueyes de la carreta. En otras palabras, los problemas podían dormir la siesta y las soluciones la mona.
De ahí que, en tanto que la única ocupación de los parlamentarios era “parlar”, los antecesores de “comepollo” no tenían más remedio que ser personajes ilustrados, bien hablados y, por lo tanto, de cierta nombradía. Es decir, todo lo justo y necesario para hacer política.
Como es obvio para cualquiera con dos centímetros de frente, las cosas han cambiado de forma radical. Hoy el tiempo es lo que menos tenemos todos. Esto ha hecho de la naturaleza de los parlamentos una antigualla. La realidad es que sólo los que no tienen nada que hacer pierden su tiempo hablando y, hasta diría yo, pensando. Esto ha desfondado la tradicional función parlamentaria. Tan es así que las leyes que verdaderamente cuentan hoy en todas las latitudes son las que hacen funcionar a un país por la vía ejecutiva.
¿De qué sirven entonces los parlamentos? De circo para el gran público. Esa es su nueva función. Y nuestro Congreso la cumple con creces. ¿Que por qué tiene entonces tanta desaprobación? Muy simple. Porque los peruanos queremos todo gratis. Y para reír hay que saber pagar. El Congreso es una ganga per cápita por toda la risa que nos da.