Nunca había visto algo tan miserable y truculento, tan perturbador. Sería porque no me lo esperaba que me conmovió hasta la indignación de escribir estas líneas. Fue en el programa Prensa Libre que conduce Rosa María Palacios esta semana, última de enero. Se trataba, eso creía yo, de una protesta más de las decenas que ocurren entre alaridos histéricos, lemas manidos y quema de llantas en la ciudad. Me equivoqué de cabo a rabo.
Ahí estaban los comerciantes de Polvos Azules. Protestaban porque una jueza de la Corte Superior de Lima había fallado en su contra. El asunto, que es lo que menos me importa para los fines de esta columna, era que la jueza le había dado la propiedad de los aires del centro comercial a una constructora equis. Frente al Poder Judicial entonces, los comerciantes de Polvos Azules iban a demostrar urbi et orbi cual era su “profundo” sentido de la justicia, de esa que sólo le está permitida el género humano.
Una caja de cartón que parecía un ataúd fue lanzada pues justo entre los dos leones que custodian el Palacio de la magistratura. Zarandeada y destrozada con furia por los comerciantes, de los despojos de la caja salió una pobre rata; desconcertada, muerta de miedo. En ese momento, sentado frente al televisor, di un respingo. No me gustan las ratas. Me dan asco. Sin embargo, esa sería la última vez porque el asco por las ratas se convirtió en asco por el hombre y lo que puede llegar a ser.
La rata hizo lo que hace todo animal pacífico: huir. Pero no la dejaron. De pronto, una jauría de bestias vestidas y parlantes la acorralaron entre risas y furia. La patearon. El animal -me refiero a la rata-salió despedida por los aires. Una y otra vez, como una pelota. Moribunda trató de ganar las escalinatas del Palacio. Ahí la esperaban los extintores de la policía. La tortura continuó hasta que el roedor, agotado, hizo un último esfuerzo por dar unos pasos hacia la libertad y murió. Hubiera querido protegerlo de haber podido. Todo asco se había esfumado. Todavía guardo su cara exhausta en mi retina.
Si hay algo que puede definir en pocas palabras lo que no es justicia es el abuso. El abusivo es el injusto por excelencia. Y es injusto no sólo el que abusa de los seres humanos sino con mayor razón el que abusa de animales indefensos. ¡Qué justicia pueden pedir pues esas bestias humanas que se ensañan contra un animalillo! ¡Con qué cara! ¡Con qué derecho!
“Hemos traído ratas que simbolizan la traición de la jueza,” gritaban las bestias. Pues bien, si la jueza los “traicionó”, en buena hora. No merecen justicia los abusivos que traicionan con su crueldad al género humano.