Sin duda fue un estremecimiento de horror el que padeció el público culto de Lima cuando cayó el telón figurado de El retrato de Dorian Gray en el Teatro Plaza ISIL de Larcomar, este último fin de semana. Es como si hubiéramos visto luego de una angustiosa hora y cuarenta y cinco minutos todos los pecados, no de míster Gray, claro está, sino del teatro que, como todo en la vida, puede ser bueno o malo. Queda el consuelo de que el original, o sea, le hermosa novela de Oscar Wilde, sigue desafiando al tiempo alumbrándonos con su poderosa belleza, porque su retrato en las tablas limeñas sólo merece ser asesinado por feo, que en este caso es lo mismo a decir malo.
Dios mío, qué desilusión, qué ultraje al buen gusto y a la inteligencia nos desvela el “Retrato” de Roberto Ángeles, el director, y Luis Tuesta y Sebastián García, los adaptadores. Son ellos los que hubieran merecido el puñal asesino de míster Gray y no Basilio Hallward, el pintor novelado de sus infortunios. Porque, en efecto, la pintura teatral de Ángeles y Compañía tiene el peor defecto que puede tener una obra de arte: ser irremediablemente gris, sin ninguna perspectiva de luminosidad, completamente plana. Y eso es una ofensa a ese creador de cosas bellas que fue Oscar Wilde.
La historia es bastante conocida. Por eso extraña que la esencia de Míster Dorian Gray no haya aparecido para nada en las tablas. Nunca hay un proceso de transformación del bello, joven e inocente Dorian, en el bello, joven y corrupto Gray, cuando esa es precisamente toda la historia de la novela de Wilde. A no ser que el director asuma que la gran transformación pasa por cambiar el polo y las zapatillas rojas del adolescente por la levita del gentleman.
Lord Henry Wotton, el cínico dandy corruptor al que todo le resbala con gracia en la novela, aparece en el teatro, ése sí, completamente transformado. Christian Thorsen no le da vida sino muerte a ese encantador personaje. No hay nada más alejado de la personalidad de lord Henry que la del paporretero que interpreta Thorsen. Porque mientras que lord Henry provoca deliciosamente en la novela, Thorsen pontifica aburridamente en el teatro. Y lo peor de todo, el cínico termina convertido en arrepentido culposo fumándose un puro al descubrir la triste suerte de su obra, irreconocible por la fealdad de sus pecados. Qué triste final, ¡pero para lord Henry!
Basilio Hallward se queda en el camino. Paul Vega no le sabe imprimir al pintor esa aura atormentada que es el alma del personaje y tampoco convence como contrapeso moral al cinismo sin límites de lord Henry. El de los dos parece ser un diálogo de sordos. Y Paul Vega no cambia nunca de registro dramático, sus gestos son exactamente los mismos de siempre, todavía me parece estar viéndolo en “La Celebración.”
Lo único que salva la noche es la estupenda actuación de Sergio Galliani en los varios papeles que juega. Pero, paradojas, son esas mismas las que pierden la obra, pues al hacer personajes intermitentes entre graciosos (la señora Vane) y serios (Alan Campbell), cada transformación no hace otra cosa que producir carcajadas, lo que es fatal en una tragedia como la que se interpreta.
En fin, eso pasa por confundir a míster Dorian Gray con el choche “Dorian Grey”.