Durante algunos días y varias horas de esos días, dejé de percibir dinero. Resulta que, en vez de trabajar por la remuneración de mis actividades profesionales, me dediqué a investigar, a clasificar, a pensar y, finalmente, a redactar un artículo académico para la Revista Derecho, de la PUCP, mi Alma Mater. El tema de esta revista bianual era los desafíos de los DD. HH en el siglo XXI, un tema que me apasiona. Por eso no dudé un momento en aceptar desprendidamente la invitación de su director, Alfredo Villavicencio, para escribir allí. Fueron 15 páginas, a espacio simple, entregadas en la fecha acordada.
El artículo, “Derechos Humanos: ¿El fin del sueño universal?”, proponía como idea de fondo que la universalidad de los DD. HH estaba en entredicho, desde la ciencia jurídica, la religión y la filosofía posmoderna. En consecuencia, tales eran sus desafíos en el siglo XXI y su universalidad estaba, obviamente, afectada, tanto práctica como conceptualmente. Mi posición era que los DD. HH son un sistema jurídico deseable para la protección de la integridad física de las personas y de las libertades morales, pero que había que ser realista y entender que una buena parte de la humanidad los rechazaba y que, había que perseverar en Occidente, donde la laicidad era el feliz abono de tales derechos (el que lo quiera leer puede ir a www.ricardovasquezkunze.com, en columnas Perú 21).
Pues bien, a pocas horas de que la revista entre a imprenta, recibí la compungida llamada del director expresándome, luego de mil disculpas, que mi artículo no sería publicado. La razón: que el rector le había pedido incluir en la revista un discurso del doctor Avendaño (espero que no sea sobre el solitario tema de todas sus disertaciones: “bienes registrables y no registrables”, porque en ese caso el “registro musical” sería bastante monótono); por lo tanto, muchas gracias.
Poco tiempo después recibí otra invitación para escribir en una revista jurídica no universitaria de éxito comercial. Me solicitaban un artículo de 15 páginas, a espacio simple (¿suena conocido?), sobre una sentencia del TC sobre arbitraje. Esta vez los mandé a darse un paseíto por las Pléyades porque no me proponían ningún pago por mi tiempo ni por mi esfuerzo. Me respondieron que “no era política de la empresa” realizar pagos por artículos de esas características, aunque sí lo hacían por artículos más largos. Oiga, ¡si 15 páginas no le parece largo, entonces cuántas!
Y eso me animó a escribir este artículo, felizmente pagado. Esta gente no entiende que pensar cuesta, y muy caro. Que los conocimientos no los adquirí gratis y que ni mi tiempo ni mis energías son eternos. Que cada minuto que pasa es un minuto menos de vida. Estos creen que el intelecto no es un trabajo y que, por lo tanto, intelecto y dinero no van de la mano. Estos creen que los intelectuales son como las bataclanas que van donde Magaly o los Enemigos Íntimos a ventilarse, a cambio de promocionar su numerito telefónico para “contratos”. Estos creen en que no sólo los cholos deben ser baratos, sino también los intelectuales. Y lo peor de todo es que en el Perú los “intelectuales” que lo creen y se sienten honrados de que así sea, son legión.