La prensa ha dado cuenta esta última semana del pronunciamiento de un grupo de intelectuales apoyando la candidatura de Ollanta Humala. El asunto no ocuparía mi interés si no fuera por el hecho, sorprendentemente cómico, de la importancia que el apoyado le otorga en pleno siglo XXI a los así llamados “intelectuales”, pero, sobre todo, de la importancia que estos señores se otorgan a sí mismos. Digo que es cómico porque, para hacer un símil, es como si Castañeda sacara pecho por el espaldarazo del “carlismo peruano” o como si la vapuleada Lourdes Flores se sintiera salvada por el aval de los seguidores del marqués de Montealegre de Aulestia. En otras palabras, el “carlismo”, el “marqués” y los “intelectuales” son la misma cosa: antiguallas históricas de un museo a punto de cerrar por falta de visitantes.
Por supuesto que esto no siempre fue así. Los “intelectuales” vieron la luz en 1898 cuando “el Tigre” Georges Clemenceau, salvador de Francia en la Primera Guerra Mundial, acuñó el término para señalar a los escritores que tomaban una postura política. Era el caso de Émile Zola, Marcel Proust y Anatole France que se habían pronunciado, con todo el peso de su obra, a favor del capitán Alfred Dreyfus, en un escandaloso caso de antisemitismo que dividió a Francia y al mundo. Desde ahí, los “intelectuales” no solo se convirtieron en faros morales de la sociedad, sino que, además, encarnaron las inexorables fuerzas del progreso contra la barbarie de la reacción de todos los pelambres. Izquierda contra derecha política, ni más ni menos.
Pero como todo en la vida tiene un ciclo, la influencia de los “intelectuales” como adalides del progreso inició su declive cuando empezaron a descubrirse en las “sociedades del futuro” las tumbas de millones de hombres y mujeres que tenían otra idea del porvenir. Y como muchos siguieron en sus trece, cuando el Muro de Berlín cayó al fin en 1989, no solo aplastó al comunismo y su “verdadera democracia”, sino que también los sepultó a ellos.
Algunos sobrevivientes, sin embargo, no tienen sentido del ridículo. La “transformación y el progreso” que reclaman para el Perú los intelectuales por Humala ni siquiera pasa por la transformación y el progreso de sus propios términos. De dónde han sacado eso de “herencia colonial de la república criolla”. ¿De un manual apolillado de los años 60? Y el veto del “gran capital” ¿De un panfleto marxista de los años 30? Y la “sustitución de importaciones” y la superación del “modelo primario exportador” ¿Del mercado de las pulgas de la CEPAL? ¿Y así nos hablan estos del futuro cuando por lo visto no han dejado de vivir ni de pensar en el pasado?
¡Pobre Humala! Pasó de comandar un batallón de hombres jóvenes a ser director de un cementerio. Bueno, eso sí: de “intelectuales”.