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EL ÚLTIMO RUGIDO (23/11/07)
Ricardo Vásquez Kunze, foto, abogado de la Pontificia Universidad Católica y analista político, Perú

Cuando las luces del cine se prendieron y un poderoso silencio se impuso en la sala era evidente que la película había triunfado por completo. Los espectadores, convertidos repentinamente en actores, parecían continuar la última escena extinguida hace instantes en el écran: la del imberbe universitario que, subsumido en su silencio, empieza a tomar conciencia de si la vida sin ideales es realmente vida. Esa es la gran virtud de Leones por Corderos y por eso, más allá de cualquier crítica formal, la película de Robert Redford es una gran película. Enjuiciando la abulia de la sociedad norteamericana y fundamentalmente de su intelligentsia, Redford se indigna de que aquellos que deberían ser la savia de la libertad y del humanismo estén hoy marchitos. Se refiere a los jóvenes universitarios y a la prensa, viejos prematuros unos, vulgares propangandistas los otros. Añora, sin duda, los maravillosos años sesenta del siglo XX, la última gran época en que los ideales revolucionaron la cultura y la sociedad de Occidente.

No tendría sentido comentar esto si la conclusión no fuera otra cosa que la nostalgia. Tal no es la conclusión de Redford, cuyo film es, obviamente, un llamado desesperado a la acción. El problema, sin embargo, es descubrir por qué el Occidente encabezado por los Estados Unidos se ha quedado, cuarenta años después de terminados los sesenta, sin ideales que motiven, precisamente, la acción que Redford reclama.

Paradójicamente creo que la causa de la extinción de los ideales revolucionarios en Occidente se debe a los años sesenta. Fue en esa década en la que me hubiera gustado vivir mi juventud -y no en la insípida de los ochenta-que, matices más o menos, el programa del progreso humanista y liberal quedó, con su triunfo, prácticamente agotado.

En Estados Unidos y en Europa las grandes causas de la igualdad de los derechos civiles, de la liberación femenina, de la revolución sexual, de la inclusión de las minorías en la sociedad y de la juventud como paradigma de la salud intelectual y artística de una cultura, se han realizado con éxito. Una mujer negra es la Secretaria de Estado de los Estados Unidos. Otra mujer es la favorita para ocupar la Casa Blanca el próximo año, seguida muy de cerca por un hombre de color. La píldora, los condones y el aborto son políticas de Estado en muchos países de América y Europa. Los gays se casan y tienen una influencia decisiva en la prensa y el show bussines. Los inmigrantes son cortejados por los políticos y, finalmente, Britney Spears, Paris Hilton y Lindsay Lohan dominan la escena cultural y artística del siglo XXI.

Es decir, todo aquello por lo que lucharon Robert Redford, Bobby Kennedy, Martin Luther King y Jane Fonda se ha cumplido, independientemente de que sus herederos sean indignos de tal legado. Y más allá de eso parece no haber nada más, ningún otro sueño que haga rugir a una época y que termine por despertar a los mansos corderitos de hoy.

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