En política las percepciones son todo. Más aún en una democracia donde el éxito político de cualquiera pasa por cómo el público lo percibe a uno emocionalmente. Y Manuel Masías, el emprendedor alcalde de Miraflores, parece haber hecho un mal desnudo que, ante la opinión pública y la prensa, ha exhibido la fea humanidad de un intolerante, discriminador, termocéfalo y abusivo hombre con poder. Una factura que tarde o temprano tendrá que pagar.
Que esto sea verdadero o no es intrascendente para los fines de la política. Lo único cierto es que así se le ve al alcalde luego de haber iniciado una cruzada de clausuras de establecimientos en su distrito, cuyas víctimas más saltantes son algunas discotecas y bares gay. De nada le ha servido al alcalde las mil y una razones que ha esgrimido para intentar demostrar la pretendida justicia y oportunidad de sus medidas. Lo que hace más que exponer no sólo lo discutible de éstas, sino lo terriblemente mal que se han vendido ante la opinión pública. Y esto es culpa exclusiva del alcalde que ha querido hacer un streap tease sin haber preparado al público para lo que iban a ver y que, en su caso, no es precisamente el de los musculosos del Piso 14.
Masías empezó mal su gestión, con la “pata en alto”. Su primera medida fue lanzarse contra el Mirabús –un transporte turístico descapotado que es de lo mejorcito que tiene Miraflores– y anunciar su clausura por razones de seguridad. No cumplía las normas, dijo. Quería dar el espectáculo del hombre enérgico, decidido e inflexible en el cumplimiento del deber, pero se equivocó de blanco: todos amaban el Mirabús. Resultado: el Mirabús sigue circulando para felicidad de todos. Entonces apuntó sus flechas al corazón mismo de su distrito: el comercio. Y muchos nos preguntamos ¿qué le pasa a este hombre?
Porque el alcalde quiere seguir jugando el papel de John Wayne. Dispara contra discotecas argumentando la perturbación de la paz de algunos vecinos que, por voluntad propia o porque la municipalidad le cambió de zonificación, viven en una zona absolutamente comercial. Es decir, en un sitio donde las residencias son las que sobran y no los comercios, los centros de diversión o espectáculo, cuyos propietarios también son vecinos, no lo olvidemos. Ese es el verdadero problema que el alcalde debe solucionar con inteligencia. Y que deje el fallido desnudo de la cachiporra para su espejo o para el Down Town, que allí son muchos los que quieren verlo.