A principios del siglo pasado, cuando el comunismo se hizo del poder en Rusia, Lenin, el paladín de la revolución mundial y sucesor ideológico de Marx y Engels, tenía, como éstos, las cosas claras: la familia y el matrimonio, esto es, las células de la sociedad burguesa, debían desaparecer para que la revolución viviera. El ‘nuevo hombre’, decía la hoy momia exhibida hasta hace poco para el solaz de las masas histéricas, tenía que ser libre en el amor, sin esas abominables ataduras de clase impuestas a la sociedad entera por la burguesía y su secuaz, la Iglesia. Muy pronto, sin embargo, ni bien embalsamado el cuerpo de Vladimir Ilich, Stalin y las pulgas que lo sucedieron hasta la caída del comunismo, no sólo se desentendieron de los anatemas revolucionarios contra el matrimonio y la familia, sino que los consideraron como instituciones fundamentales de la sociedad socialista, incorporándolas al Programa del P.C.U.S. La revolución mundial, pues, se había vuelto conservadora.
La posta revolucionaria de aquellos buenos maridos y mejores padres de familia marxistas la tomaron en Occidente, contra el matrimonio y la familia, los liberales. Fueron los turbulentos años sesenta del siglo XX. Fueron los años del peace and love. Los años maravillosos de ‘haz el amor y no la guerra’. Los años del sexo, drogas y rock and roll. En síntesis, los años de la revolución sexual. Una revolución para la que, por supuesto, el matrimonio y la familia sobraban. Y estaban de más por la sencilla razón de que limitaban intolerablemente al sexo, al amor y a la libertad. Uno de los grupos sociales más recalcitrantes y comprometidos con este evangelio liberal contra el matrimonio y la familia fueron los homosexuales. Creían que desaparecidas aquellas instituciones anacrónicas, no habría muy pronto manera de distinguirlos peyorativamente de los heterosexuales, pues ambos se igualarían en su modo de relacionarse en el amor y el sexo. Pero pasaron los años y la promiscuidad fruto de esa desenfrenada forma de vida saturó espíritus y corazones. Y hoy, aquellos que defendían a capa y espada la revolución sexual, aquellos que encontraban en ella la única arma para no ser discriminados, quieren casarse. Los gay, pues, piden al Estado boda y familia. Pero, ¿no significa acaso esto que, ideológicamente, más allá de los derechos conquistados, la revolución sexual ha fracasado? ¿Que también, como la marxista, se ha vuelto conservadora?
Por eso no hago más que reírme cuando escucho el escándalo que ha suscitado en el Congreso un proyecto de ley que proponía la firma de una Convención Iberoamericana de derechos de los Jóvenes que, supuestamente, dejaba el camino expedito para la legalización de las uniones homosexuales en el Perú. Que esas uniones son una afrenta contra el matrimonio y la familia, que buscan aniquilarlas, se dice. ¡Cuando precisamente es todo lo contrario! Porque cuando los enemigos ideológicos del matrimonio terminan exigiendo a la ley el derecho a casarse y a formar familia, es que estas instituciones conservadoras han triunfado en toda regla contra sus verdugos revolucionarios de antaño, con la más inapelable de todas las victorias: la conversión.
Y no hay mayor ironía que ver que aquellos revolucionarios, marxistas o liberales, que antaño morían por revolcarse, hoy quieran vivir para casarse.