Nunca he creído que todas las vidas valen lo mismo. Es cierto que las de nuestros seres queridos, que, por lo general, son nuestros más próximos familiares y amigos, siempre valdrán para nosotros más que cualquier otra vida. Pero esta arbitrariedad sentimental, que se explica por la intimidad de quienes amamos, nada tiene que ver en realidad con su trascendencia en el mundo. Esta solo se explica en contados casos de la humanidad por los logros de quienes, precisamente, nos han tocado a todos de una forma u otra, haciendo de estos personajes nuestros íntimos sin siquiera haberlos nunca conocido. Y así, mientras más sea la influencia universal del personaje, más valdrá su vida. Es por eso que esta columna política no se ocupará hoy de ningún político peruano. En cambio, sí vale la pena hablar de Michael Jackson.
La vida de Michael Jackson es la vida de un impacto cultural en la historia de un siglo. Esa es su verdadera medida. Que en el mundo de hoy la música popular sea indesligable de los videoclips, de los efectos especiales más innovadores, de las coreografías cinematográficas y de la participación allí de personajes de todo el espectro de las artes, las letras y el deporte, ese es el sello cultural de Michael Jackson. Porque lo que hoy a todos les parece normal, antes de Michael Jackson no lo era. Michael Jackson hizo de la música un espectáculo total como en el siglo XIX Richard Wagner lo hizo con la ópera. El genio de Jackson hizo la magia de hacer visible las notas musicales. De ponerles literalmente color y movimiento. Nadie que escuche por la radio Thriller o Billy Jean, Bad, Smooth criminal o Beat it puede dejar de verlos también en su imaginación. Y, lo más importante, todos en el mundo vemos lo mismo.
Pero el legado de Jackson fue incluso más allá. Porque no solo transformó la música en carne sino que transformó su propia carne en arte. Y, para mí, esa es la máxima expresión del genio. Un arte que representa a su época, por cierto. Decadente y kitsch como su rostro artificial. Chocante e incomprensible como su vida personal. Pero son pocos los que se atreven a llevar el arte a ese extremo porque es un sacrificio intolerable.
Tengo la impresión de que fueron precisamente esas metamorfosis llevadas al límite las que anunciaban ya el fin del genio musical. Creo que su ocaso en la música fue inversamente proporcional a su ascenso iconográfico, al culto de su personalidad, al convertirse él mismo en una obra de arte viviente. Sospecho que ya sabía que en la música lo había dado todo y por eso volcó todo su genio a su propia vida. Pero, aun así, esto tiene un límite. La vida de los que hacen de ella una obra de arte es corta porque las transformaciones se agotan. El genio de Jackson no tenía ya donde ir. Y, efectivamente, “eso fue todo”.