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EL CASO WOLFENSON (16/11/07)
Ricardo Vásquez Kunze, foto, abogado de la Pontificia Universidad Católica y analista político, Perú

El martes por la noche, cuando llegué a mi casa, me informaron que había recibido una llamada de Moisés Wolfenson. Mecánicamente pregunté, como suelo hacerlo siempre, si le habían pedido su teléfono para devolverle la llamada. Me dijeron que sí se lo habían pedido pero que su respuesta fue, un tanto avergonzado, que lamentaba no poder dar ningún número porque estaba en la cárcel. Llamaba desde un teléfono público, en el penal de San Jorge. Recién ahí caí en cuenta que Moisés Wolfenson lleva ya cinco años preso, pagando por sus delitos. Tres años privado de su libertad en su casa y dos tras las rejas de un calabozo. Su sentencia, sin embargo, fue de cuatro años.

Al día siguiente volvió a llamarme, compungido. Sinceramente se me hizo un nudo en la garganta cuando, tras mil rodeos, el otrora todopoderoso magnate de la prensa chicha me pidió ayuda, vacilante. Se me han cerrado todas la puertas, me dijo con un hilo de voz. Y luego de un silencio espantoso se disculpó por ponerme en una situación comprometida. Quedé conmovido. Un hombre orgulloso que hace esfuerzos por no llorar le parte el corazón a cualquiera. Finalmente le dije que sí, que sí le ayudaría, pero a mi manera , que es esta.

Trabajé en el diario La Razón desde enero del 2003 hasta octubre de ese mismo año. Fue el peor error que he cometido en mi vida, un error que hasta ahora estoy pagando. Ahí fue que conocí, ya con arresto domiciliario, a Moisés Wolfenson. Nada de lo que se me dijo para convencerme de trabajar ahí se cumplió, es decir, hacer de un pasquín un diario serio. Fui ingenuo, lo confieso. A Moisés, con legítimo derecho, sólo le interesaba salir de su encierro. Y el diario era un vehículo para ello. Pero independientemente de eso, de lo que no me arrepiento es de haber conocido, no ya al aprendiz de político con delirios de grandeza, si no al ser humano encapsulado, para su desgracia, por el virus del poder.

Moisés Wolfenson tuvo un debido proceso que muchos no tuvieron en el régimen corrupto al que él apoyó militantemente. Fue encontrado culpable y sentenciado como correspondía por los delitos que se le probaron en su juicio. Se le condenó a cuatro años de prisión efectiva de los cuales lleva casi dos cumplidos. Pero pasó tres años prisionero en su casa, por voluntad de la justicia. Jaula dorada aunque dorada no deja de ser jaula. Y es injusto que ese tiempo no valga nada, que sea un paréntesis en la vida de cualquiera. Eso, lo digo sin ambages, es un ensañamiento. Y no hay justicia con ensañamiento.

Termino dándole un consejo. Creo que tengo el derecho de hacerlo luego de que todos esos “amigos” que lo cortejaban cuando poderoso, hoy le dan la espalda. Cuando salgas, que espero sea pronto, dedícate a tu familia y retírate definitivamente de la vida pública. Ahí estás acabado. No vuelvas a las andadas y repudia de corazón al fujimorismo que es lo mismo que repudiar de corazón la corrupción. No te olvides de que por eso estás donde estás.

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