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CUCARACHAS POSMODERNAS (02/11/07)
Ricardo Vásquez Kunze, foto, abogado de la Pontificia Universidad Católica y analista político, Perú

Empecé a prestarle oídos a la posmodernidad hace algún tiempo. Trabajaba yo en un diario que tuvo mal fin, el peor diría yo, porque todavía circula estando muerto, cuando un viejo amigo, Gregor Samsa, hoy más viejo que amigo, trataba de convencerme de que una dictadura oprimía al mundo: la dictadura del pensamiento único. En la escena pedestre de la cotidianeidad esa dictadura se manifestaba dejando al disidente fuera de toda tribuna: universidades, medios de comunicación, comunidades científicas y vida social en general. En el gran teatro del mundo, en cambio, las bombas y los misiles se encargaban de mandarte, literalmente, al otro mundo. El nombre de esa dictadura atroz y despiadada era, según todos los libros que el amigo Samsa había devorado hasta el empacho: Ilustración. Sí, así como lo oyen. Ser ilustrado era ser dictador. Y de la peor calaña.

Según sus libros, pues, la Ilustración era la causante de todos los males de la Tierra. Consistía en un proyecto totalitario cuyas verdades autorreveladas de libertad, igualdad, fraternidad y, posteriormente, democracia y derechos humanos no eran otra cosa que el garrote contra todos aquellos que pensaban distinto (él) o simplemente ponían en duda cualquier verdad revelada (yo).

Gracias a Dios, a la virgen María y al Espíritu Santo -porque el amigo Samsa es un fanático de los golpes de pecho-- esos dogmas enemigos de la verdadera libertad (supongo que de la suya y la de su Iglesia), tenían los días contados. El remedio era la posmodernidad. Una filosofía que consideraba a la verdad como una farsa pero como un eficaz medio de dominación y, por lo tanto, denunciaba a todos los sistemas que pretendían encontrarla o haberla encontrado. La Ilustración en primera fila (el amigo Samsa excluía a la Iglesia porque como “esposa” de Cristo no era ni por asomo un “sistema” sino ¡la verdad misma!). Por eso que para el amigo Samsa la posmodernidad era tan saludable y una de sus máximas sonaba a voz de arcángel: “Ponerse en el lugar del otro y saber que el otro puede tener razón”.

Empecé a sospechar de tanta lindura cuando el 11 de septiembre de 2001, mientras la Torres Gemelas caían hechas trizas por el furor terrorista, entre pasmo, tristezas y análisis políticos, llegó a la redacción del diario Samsa, el posmoderno. Estaba feliz. No cabía en sí. No lo podía ocultar. Cuando por su bien le sugerí un poco de mesura me soltó la santa frasecita de Gadamer: “Hay que ponerse en el lugar del otro y saber que el otro puede tener razón”, mientras me guiñaba un ojo casi cheuto. Ahí entendí perfectamente qué cosa es el posmodernismo: dejar que las cucarachas se apoderen de la Tierra. Doy gracias que nunca perdí la fe en el despotismo ilustrado. No me pesa la bota para aplastar cucarachas.

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