Sé, por experiencia, que lo peor que le puede pasar a un político es dejar su destino en manos de un marketero. Porque desde el momento mismo en que el político renuncia a su experiencia y reconoce que el marketero sabe más que él de política, está perdido. Y lo está no por los resultados que pueda o no obtener el marketero -por lo general malos--, sino porque que el político se ha convertido en un fantoche, en un producto bamba, en pocas palabras, en un pobre y triste hombre. Así, su suerte estará, más temprano que tarde, echada. Es el caso de Fujimori.
Extraditado ya para que responda judicialmente por una serie de imputaciones criminales, sus familiares y entenados políticos han iniciado una campaña de marketing en la que presentan al “chino” como una pobre víctima. Y todos sabemos quién es el que se encarga del marketing del “chino”: Carlos Raffo. No dudo ni por un momento en las capacidades de Raffo para vender prozac en el paraíso; sí dudo, por el contrario, de sus capacidades políticas. De ahí el craso error de presentar a un político como víctima en las particulares circunstancias en las que se encuentra Fujimori.
Raffo cree que la victimización del “chino” jugará políticamente a su favor. Que la gente común y corriente, o sea las mayorías, se solidarizarán con su tos, con su bronquitis, con sus taquicardias, con sus depresiones, con su frío, en fin, con todos sus achaques. Que los doctores y las enfermeras serán los mejores heraldos para comunicar, con su sola presencia en la antesala del calabozo, la debilidad y por lo tanto la “injusticia” de tratar con el rigor de la ley a un viejito lastimoso.
El problema con esta estrategia de marketing es que puede ser que la gente se solidarice con el hombre, pero no con el político. Fujimori siempre representó, cuando fue Presidente, salud, aplomo, autoridad, fuerza, poder, éxito. Por eso es que el común lo quería y lo seguía, independientemente de sus trapacerías. Pero, ¿quién va a seguir políticamente a un anciano chocho, débil y quejumbroso como el que Raffo quiere vender a la opinión pública? ¿Qué futuro político tiene un abuelito que está para el asilo y que necesita una mantita para cubrirse las piernas tembleques? Cuando, precisamente, los abuelitos tembleques que quieren seguir en política hacen todo lo contrario. Esconden todas sus miserias y se presentan pletóricos de fuerza y optimismo, sobre todo en la adversidad.
Así pues, al vender a Fujimori como pobre diablo, su marketero se ha convertido en su Némesis. Hay que agradecerle a Raffo.