Cada vez que veo a Ricardo Belmont Cassinelli, RBC, no puedo dejar de pensar en Baby Jane, el extraordinario personaje interpretado por Bette Davis en los 60 del siglo XX. “Qué fue Baby Jane” es la historia de una exitosa niña prodigio del vodevil norteamericano que, una vez mayor, es olvidada por completo. Su hermana, en cambio, una estupenda Joan Crawford en el papel de Blanche, termina por imponerse en la adultez como una estrella inolvidable de Hollywood. Las dos hermanas viven su ocaso de manera diferente. Blanche, paralítica desde un accidente que puso fin a su carrera (ese es el meollo de la trama), retirada con la dignidad de una persona mayor. Babe Jane, en cambio, como una vieja solterona amargada, vestida y emperifollada como la niña famosa que ya no es.
RBC tuvo su gran momento de gloria hace treinta años. Cuando la radio y la televisión estaban hechas de personajes de cartón, RBC introdujo el gran cambio de la informalidad en las ondas de radio y en la pantalla. Con “Habla el Pueblo”, RBC abrió los micrófonos a la gente común y corriente que no tenía voz porque para la radio solo tenía oídos. En la televisión, destronó el saco y la corbata por el uniforme del hombre de a pie y cambió el lenguaje semiculto de entonces por el de la calle, haciendo posible que el vulgo se identificara con él. Esa fue la razón de su éxito. Innovó y triunfó. De ahí saltó a la política con los mismos recursos hasta que, un buen día, llegó su hora y perdió el favor del pueblo.
La razón de esta ruptura con la fama es muy simple: RBC nunca fue capaz de cambiar de guion. Y no es que la informalidad que fue el libreto de su éxito se haya extinguido. Todo lo contrario. Hoy es la norma lamentable del show business y, peor aún, del periodismo. Esa fue la impronta de Belmont en la sociedad peruana. Nefasta, dicho sea de paso. Por eso es que RBC, con los mismos trucos de hace treinta años, hoy ya no impresiona ni puede sorprender a nadie. Lo que él inventó lo han remasterizado con mucho más recursos los que ahora podrían ser sus nietos. Mientras que él se ve hoy como un viejo ye-ye al que nadie quiere ver.
Esto ha hecho que RBC, el congresista suplente y dueño de su propio canal, haya logrado que una comisión del Congreso investigue a la empresa que realiza las mediciones de audiencia en la televisión peruana. RBC no puede creer que el público lo haya abandonado. Sin embargo, en la política ya lo abandonó hace tiempo. En las últimas elecciones generales no llegó al Congreso. Obtuvo en Lima 29,157 votos. Es decir, medio punto de ráting si 1 punto equivale a 12,000 familias que son aproximadamente 60,000 personas. Más o menos el mismo ráting promedio de todos los programas de su canal, “voz y alma del Perú”.
La investigación que debería hacer entonces RBC es más bien personalísima: Una introspección. Debería afanarse por entender por qué su voz se convirtió en un eco y su alma en un fantasma en pena.