Me siento honrado. Es la segunda vez que el señor Hildebrandt se dirige a mí en 10 años. Y en los mismos términos, con puntos y comas resucitados, faltaba más. Se lo agradezco mucho, sobre todo la breve introducción a su artículo “Cuando el chino era Luis XVI”, del 30 de diciembre último. Eso de “fino intelectual” lo celebré con té en teterita de plata. Y en cuanto a lo de “reivindicado a su manera”, tiene toda la razón. Yo me reivindico solito, no necesito certificados de buena conducta porque, en realidad, nunca la he tenido.
Pero me permito levantar mi dedito, con el permiso del señor Hildebrandt, claro está, para hacer una pequeña atingencia. El problema de resucitar un artículo de hace una década, me refiero al del señor Hildebrandt que era una respuesta al mío (“Golpe mortal al fanatismo”), está en que, para él más que para mí, el tiempo parece no haber pasado. Y como los Borbones con la Restauración, parece no haber olvidado ni aprendido nada.
Veo, con la misma sorpresa de hace 10 años, que mi ilustre interlocutor suscribe su pasmo por el hecho de que “la edad moderna ha terminado”. Ese era, como él bien dice, el punto central de mi viejo artículo. Bueno pues, solo me queda entender que el señor Hildebrandt no está al tanto aún hoy de lo que significa la posmodernidad como forma de vida ya indiscutible.
En su sentido más prístino, la consagración de la posmodernidad como tema de filosofía fue planteada por Jean-François Lyotard con el conocido libro La condición posmoderna (1979).
Lyotard define la posmodernidad como la época en que ha llegado a su fin la credulidad en los metarrelatos. El concepto de “metarrelato” tiene un claro resabio antimoderno. La “posmodernidad” se define por la negación del concepto liberal de la historia como una serie continua y progresiva de hechos que desembocaban en el triunfo del pensamiento y las instituciones liberales; o sea, de la modernidad.
Podemos o no estar de acuerdo con el mundo posmoderno. Pero negarlo como hecho, eso sí que es una idea peregrina, más aún en el 2010.
En cuanto a Luis XVI, María Antonieta –reivindicada con bombos y platillos en 2009 con una apoteósica exposición en el Grand Palais de París, mire usted las vueltas que da la vida–, Robespierre, Danton y Marat, me temo que no regresarán, más a su pesar que el mío, porque es usted el que los cita y no yo. Por supuesto que tampoco espero que resuciten el deslenguado periodista Hébert y, mucho menos, el “chino”.
Finalmente, en cuanto a mis gustos por los “humos”, fíjese que no fumo. Pero si usted tiene algo interesante que proponerme, estoy expedito para cualquier experiencia. Eso sí, con boquilla de nácar, je vous en prie. Signé: Vasqués, Príncipe Flor de Lys.