“Reconozcámoslo: hay un ánimo adolescente y suicida en muchos gritos destemplados. O algo peor que eso: una parte del país al que no le importa la democracia y preferiría a un gorila (o un pseudo-inca) que les ‘ordene’ la vida a patadas y a punta de rancho de cuartel.” Tal es el diagnóstico de Eduardo Adrianzén, columnista de La República, sobre la enésima “tempestad en los Andes” que ha puesto, por enésima vez también, en la agenda política el problema del “Perú Profundo”. Discrepo con Adrianzén. No es “una parte del país” la que él describe. Es simplemente “otro país”. Ese es el verdadero problema que hay que resolver para que se acaben definitivamente las tempestades en los Andes.
Y cuando digo “otro país” me refiero a lo que hace a un país, es decir, el sentido de pertenencia a una cultura, a unos valores y a una tradición política que determina cómo un pueblo encara individual y colectivamente la vida. Quienes no buscan un inca que les ordene la existencia, quienes no creen en la política de los cuarteles, quienes no buscan ranchos caídos del cielo, quienes no quieren regresar al pasado sino conquistar el futuro, quienes, en suma, tienen todavía fe en el progreso y en las reglas occidentales que lo hacen posible, digo, no son ese otro país llamado “Perú Profundo”.
La gran tragedia de eso que se llama Perú a secas es haber pretendido insensatamente mezclar el agua y el aceite. Porque eso, precisamente, nunca sucederá. El Perú Occidental, el de la estrecha franja de Tumbes a Ica y de Moquegua a Tacna, ha fracasado en imponer al “Perú Profundo” su manera de ver el mundo. Y el “Perú Profundo”, los Andes en toda su extensión, no han podido doblegar la herencia del occidente ilustrado, liberal y democrático, patrimonio de las clases medias que son el alma de la costa peruana. Para el Perú Occidental el otro Perú es un lastre. Para el “Perú Profundo” el otro Perú es el culpable de todos sus males. Ese hecho hace que esa entelequia llamada Perú esté condenada a las tablas eternas, o sea, a la mediocridad en el gran tablero del ajedrez mundial.
Y a grandes males grandes soluciones. Lo sensato y justo es que cada Perú siga su camino. El que cada cual considera exitoso. Sin dramatismos, sin cursilerías, sin imposiciones. Occidentales por acá y Profundos por allá. Y en mis vacaciones, yo estaré encantado de sacar mi visa de turista en la embajada del “Perú Profundo”. Sus ruinas tienen mucho que enseñarnos todavía.