:: RICARDO VASQUEZ KUNZE ::
SHELL (21/09/09)
Ricardo Vásquez Kunze, foto, abogado de la Pontificia Universidad Católica y analista político, Perú

Fui al estreno de Tarata, de Fabrizio Aguilar. Su película, la segunda sobre el terrorismo que ensangrentó al Perú en la década de los ochenta y noventa del siglo pasado, me ha hecho entender la imperiosa necesidad de lo que yo, confieso, antes desdeñaba: la memoria. Y no es que yo no tuviera memoria sobre esos años violentos, sino que, precisamente por tenerla, me parecía innecesaria. Craso error a la tenue luz del cine que hoy pretende expresar a un público nuevo los horrores de esos tiempos.

El problema con Tarata no es que sea una mala película sino que su mediocridad dé la impresión, en quienes no vivieron ese miedo, esa desconfianza y, a veces, esa emoción juvenil de que algo importante estaba aconteciendo en nuestras vidas, de que el terrorismo fue en el Perú una cosa anodina, tan anodina como la película.

Porque, en efecto, si hay algo que expresa Tarata es la falta de sustancia. Todo es soso allí; la historia que nos han querido contar los guionistas, la familia protagónica, el retrato de las clases altas, medias y bajas, la universidad, la ciudad y, lo que es peor, hasta el terror y las bombas de Sendero. Nadie en el cine siente miedo alguno, nadie se siente asfixiado por la atmósfera de lo incierto, nadie emocionado por estar viviendo una aventura. Por el contrario, lo absurdo de la trama solo genera carcajadas que es lo peor que le puede pasar a una tragedia.

Tarata no es creíble desde el momento mismo en que la calle nunca apareció viva el filme de Aguilar. Nunca hubo un contraste entre la vida de Tarata y su agonía. Simplemente, Tarata no existió en la película que lleva su nombre. Ni una sola escena que haga la calle familiar, querida, cálida o simplemente viva a pesar de los malos tiempos. Y, por lo tanto, ninguna reacción del público ante una bomba que parecía tan fría como un parte policial. Apenas nos enteramos de que Tarata existió por el manido recurso de un letrero humeante entre los escombros de la calle bombardeada.

¿De qué terrorismo nos está hablando el director? ¿De qué calle? ¿De qué Lima? ¿De qué clases sociales? Es imposible reconocer nada del Perú allí. Todo es falso y maniqueo para los que vivimos esos tiempos. Por eso es peligroso que los que no los vivieron terminen de ver la película alzándose de hombros, como si se tratara de un aburrido acontecimiento más en sus vidas.

La falsa Tarata sirvió sin embargo para algo. Confrontar mis recuerdos con los de la exposición fotográfica Yuyanapaq, que no había visitado. Quien quiera tener una visión aceptable de los veinte años de terror que vivió el Perú, no haría mal en ir a verla. En este caso, más allá de la sibilina participación de la izquierda en las leyendas, las fotos no mienten. Las películas sí.

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