Me interesa escribir sobre el debate del “tercio superior” de estudios como requisito para ocupar un cargo público o incluso un cargo cualquiera en el sector privado porque yo nunca pertenecí a ningún tercio superior. Es más, como francamente jamás pensé mientras estudiaba en la universidad en esos términos, quién sabe si no pertenecí al tercio inferior, donde están los del montón. Quienes me conocen desde esas épocas y los que me conocen hoy saben perfectamente cuán alejados están mis pensamientos y mi espíritu de ese montón. Sí, en efecto. Pero yo, que me conozco a mi mismo, puedo decir hoy sin ninguna falsa modestia cuán bien me siento de no haber pertenecido al otro montón, el de esa “excelencia de la mediocridad” al que llaman “tercio superior”.
De más está decir que mi idea de la cultura, del estudio y del cultivo del alma que es para mi el objeto de asistir a una universidad no pasa ni pasará jamás por cortarse las venas por las notas. Vi mientras fui estudiante a cada zopenco y zopenca que se les partía el alma cuando, en vez de un 20/20 que estaban seguros de obtener en mérito a las horas interminables engullendo conceptos que luego se los llevaría el viento, los calificaban con un 18/20. Los vi persiguiendo al pobre profesor hasta el hartazgo, jaloneándolo, exigiéndole una explicación del porqué no el 20/20 al que ellos creían tener derecho pues habían cumplido con todos los estándares de calidad de un “estudio superior”. Y al buen profesor (lamentablemente a unos ejemplares de la extinción) tratándoles de explicar que para obtener 20/20 les faltaba precisamente eso que es ser universitario, o sea, amor por el conocimiento, amor por la cultura, amor por el espíritu y no amor por la nota que es el síntoma de los mediocres. Los llantos de impotencia siempre cerraban la escena de aquellos que, años después, paradójicamente, serían los “top” de la profesión.
Con esto no quiero decir, por cierto, que a todos aquellos que obtenían buenas calificaciones los alumbraba el aura de la mediocridad. Conozco a pocos que, digamos sin temor a equivocarnos el 1% del “tercio superior”, tenían tanta pasión por saber de todo que ese espíritu y ese esfuerzo se reflejaban en las notas. Pero ellos hacían la nota y no la nota los hacía a ellos. Por mi parte, siempre he pensado que la verdadera calidad de la vida universitaria se mide al final y no durante esa fascinante y juvenil aventura. Y la regla para saber a qué tercio del conocimiento perteneces es qué aporte a la ciencia dejas para la posteridad. En Derecho, que es mi ciencia, la mayoría, incluido ese “tercio superior”, no deja absolutamente nada más que notas, pues termina la carrera con un examen de expedientes, es decir, un examen más de los tantos con una nota más. Son apenas cuatro gatos los que cierran hoy la vida universitaria comme il faut: con una tesis de valor, con una investigación, con una propuesta pública al conocimiento. Fue la única vez que me alegré por mi nota, lo confieso. Tuve excelente.