Una madrugada de hace 6 años en el Haití. Un elegante caballero es abordado justo saliendo de pagar la cuenta por un tipo cualquiera. El fulano lo saluda, sonriente, y el caballero le responde el saludo. Aunque no lo conoce le pasa a menudo que incógnitos procedan a hacerle venias. Resulta que el caballero tiene una columna diaria en un periódico local, con su foto y todo. El fulano insiste en caminar a su costado y conversar fruslerías, como que estudia en un instituto de comunicaciones o algo así. El caballero sonríe e intenta despedirse cuando el fulano le dice que la vida está dura y tiene que “recursearse”. El caballero entiende de qué se tratan tantas amabilidades y que no le van a pedir un autógrafo. Con el tacto que lo caracteriza le responde que estaría encantado de irse con él pero que lamentablemente tiene una relación que se siente incapaz de traicionar (lo que, por supuesto, es mentira). Se despide y a otra cosa mariposa.
Unos días después, doña Jessica Tapia anuncia en Panorama uno de sus tantos especiales de interés público: La prostitución masculina en el Parque Kennedy. Agrega, friedmaniana, que si hay oferta es porque hay demanda. Y entonces sale el caballero, desde distintos ángulos, conversando con un amigo de la profesión más antigua del mundo que, para estos efectos, es también un periodista de cámara escondida. El caballero era yo y el día el de la Madre. ¿Que qué tenía que hacer yo en un especial de “fletes” cuando había declinado precisamente la “oferta” por razones morales de fidelidad? Vayan a preguntárselo a doña Jessica Tapia.
Si hay algo que tengo entre mis pocas virtudes es el entendimiento claro del mundo en el que vivo. Por eso es que una vez visto el especial de doña Jessica no se me ocurrió ni por asomo pedirle la más mínima rectificación por inexacta e injuriosa. Primero, porque a nadie le importa rectificación alguna. Las personas no dejan de creer en lo que creen porque un medio se rectifica si es que todavía les interesa el tema. Pero el asunto es que, después de unas horas, ni siquiera les interesa. Ya se olvidaron de ti. ¿Qué objeto tiene pues una rectificación así?
Segundo, porque no tiene ningún sentido apelar a honores mancillados en una sociedad regida por el dinero como máximo objetivo del éxito en la vida. El honor y el dinero son como el agua y el aceite. En una sociedad de consumidores no hay sitio para el honor porque nadie lo entiende. Y si nadie lo entiende, ¿para quién querría yo restaurar mi honor? El asunto es tan ridículo como los duelos de los que hoy todos se ríen. Finalmente, ¿alguien cree realmente en lo que dice la prensa? ¿Alguien cree que allí se van a encontrar verdades en un mundo donde nadie cree en la verdad? La función de la prensa no es informar sino divertir. Esa es su medida hoy. Por eso espero no haberlos aburrido.